Fijate que Él me pregunta si vi Taxi Driver, y ante la mención de tal "peliculón", a mi lo único que se me viene a la mente, son las imágenes de Solita y Claudio (García Satur), y el taxi amarillo y negro, y ella con el pelo rubio, recogido, y su sonrisa de siempre, y él, tan apuesto, con todos esos años menos. Nunca pensar en Jodie, o en Robert, como es debido. No.
Y Él no lo puede creer. Y medio que atina a decir: "no, mi amor, Solita, no", pero se calla. Y se lleva la mano derecha a la cabeza como diciendo: inexplicable.
Y tampoco puede creer que yo no sepa cuál es Mercedes, a pesar de haber vivido en Devoto casi veinte años.
Mejor lo del auto ni se lo cuento: que cuando mi papá me lo prestaba, yo, para ir a algún lugar, hacía el recorrido del colectivo que me llevaba hasta ahí, deteniéndome en cada parada, porque si no me perdía.
Tampoco puede creer que no haya visto Pulp Fiction, "que es un clásico".
Pero fijate que yo no soy clásica, ni hago esas cosas clásicas que suele hacer la gente. Porque a mi, viste que eso del vestido blanco, e ir a doscientas pruebas de peinados, y elegir con mi novio el tema para entrar al salón. Ni hablar del tema del corte de la torta, las dos manos entrelazadas, listos preparados ya, mirar a la cámara, y a mi seguro que se desmoronan los cinco pisos recubiertos con merengue. Ni los zapatos blancos. Porque zapatos blancos y esmalte nacarado en las uñas, es no haber entendido nada de nada. Ni hablar de las sandalias con medias de nylon. Aunque sean sin puntera. Hay cosas que definitivamente me ponen mal.
Qué onda la chica esa que va sentada en el 109, con vestido rojo a lunares blancos, con voladitos en todas las terminaciones, y zapatos al tono. Si, rojos con lunares blancos. (Me pregunto: ni una madre, ni un vecino, no sé, el almacenero "de abajo de casa", que te advierta que asi, nena, parecés la hormiga Titina).
Menos que menos pasarme un domingo entero recorriendo casas de grifería para elegir qué canilla va en cada baño o discutir sobre si vamos a poner o no duchador. Si cuando aquella vez tuvimos que elegir el color de las paredes, lo resolvimos en tres minutos y medio por reloj. Cerramos el catálogo, nos miramos y, por éstas cosas las parejas se pelean, nos preguntamos. Imaginate que ni yo siquiera sé lo que es el porcelanato.
Y no te digo que ando por la vida como una de las "diez mejores vestidas del mundo", pero vestido rojo con lunares blancos, no. Y además, de mi, nunca vas a recibir como recuerdo de mis vacaciones, un caracol con un lobo marino fosforescente en la punta que diga: "yo estuve en Las Toninas". Ni soy de las que le ponen una funda negra al sillón blanco, para que no se ensucie. Ni dejo las flores en agua con el celofán en el que vienen envueltas.
Y fijate que no, que Pulp Fiction no la vi.
jueves, 8 de enero de 2009
viernes, 2 de enero de 2009
Éramos tan chicas III
Mi prima le preguntó a su mamá: _mañana, tendrá pasado?
Había más frases dichas por ella, escritas en la pared, en lápiz rojo, al lado de la cama alta. Pero ahora, no me las acuerdo.
Y había además, una colcha de verano, con flores negras y verdes. Y sobre un estante, más alto que la cama, (era claro el acolchado?), una pulsera que un día agarré sin permiso (eran verdes y negras las flores?). Y me retaron un poco. Y me dio vergüenza. Pero qué linda era esa pulsera.
En esa cama alta dormimos mamá y yo la noche que nos fuimos (tuvimos que ir) del departamento de Navarro abandonando a la deriva nuestras cosas envueltas en diario, guardadas en canastos de mimbre.
El techo blanco estaba muy cerca de mi cara, de mi nariz.
Alrededor, todo giraba.
Me daba un poco de vértigo.
El techo blanco.
Tan cerca.
El silencio.
Yo mantenía los ojos abiertos. Como para verlo llegar, cuando volviera, y avisarle que estábamos ahí, a metros del suelo de madera, en las alturas de una cama. Pero no regresaba. Y yo me dormí. Con los ojos abiertos. Hasta cuándo me dormí?
A los pocos días sonó el teléfono.
Yo jugaba en la vereda. Con mis trenzas que todavía eran rubias.
Mamá gritó y lloró.
La abuela salió a la puerta. Me dijo algo al oído. Un secreto compartido.
Yo grité.
Y salté.
(Tenía puesto un short azul marino y una chomba de piqué, blanca).
Y después lo vi bajar de un taxi. Doblado al medio.
Me dio pena y tristeza.
Me llevé las manos a la cara, a la boca, y caminé hacia atrás. Toparme con el mármol negro y frío del umbral de la puerta de la casa de los abuelos, me hizo reaccionar.
Le ofrecí un poncho marrón para que se cubriera los hombros y le dije: querés agua?
Creo que ahí recién me desperté.
Pero nunca más pude dormir con los ojos cerrados.
Ni con la luz apagada.
No al menos, sin miedo.
Había más frases dichas por ella, escritas en la pared, en lápiz rojo, al lado de la cama alta. Pero ahora, no me las acuerdo.
Y había además, una colcha de verano, con flores negras y verdes. Y sobre un estante, más alto que la cama, (era claro el acolchado?), una pulsera que un día agarré sin permiso (eran verdes y negras las flores?). Y me retaron un poco. Y me dio vergüenza. Pero qué linda era esa pulsera.
En esa cama alta dormimos mamá y yo la noche que nos fuimos (tuvimos que ir) del departamento de Navarro abandonando a la deriva nuestras cosas envueltas en diario, guardadas en canastos de mimbre.
El techo blanco estaba muy cerca de mi cara, de mi nariz.
Alrededor, todo giraba.
Me daba un poco de vértigo.
El techo blanco.
Tan cerca.
El silencio.
Yo mantenía los ojos abiertos. Como para verlo llegar, cuando volviera, y avisarle que estábamos ahí, a metros del suelo de madera, en las alturas de una cama. Pero no regresaba. Y yo me dormí. Con los ojos abiertos. Hasta cuándo me dormí?
A los pocos días sonó el teléfono.
Yo jugaba en la vereda. Con mis trenzas que todavía eran rubias.
Mamá gritó y lloró.
La abuela salió a la puerta. Me dijo algo al oído. Un secreto compartido.
Yo grité.
Y salté.
(Tenía puesto un short azul marino y una chomba de piqué, blanca).
Y después lo vi bajar de un taxi. Doblado al medio.
Me dio pena y tristeza.
Me llevé las manos a la cara, a la boca, y caminé hacia atrás. Toparme con el mármol negro y frío del umbral de la puerta de la casa de los abuelos, me hizo reaccionar.
Le ofrecí un poncho marrón para que se cubriera los hombros y le dije: querés agua?
Creo que ahí recién me desperté.
Pero nunca más pude dormir con los ojos cerrados.
Ni con la luz apagada.
No al menos, sin miedo.
Éramos tan chicas II
De vacaciones en Merlo. Yo le escribía cartas a mis abuelos, cuando aún existían las que llegaban en un sobre con estampillas de colores.
Yulai quería hacer lo mismo y aunque no sabía escribir, se sentaba en una silla, agarraba papel y lápiz, hacía garabatos y preguntaba:
_mami, leche va con "eche"? Y torta, va con "to"?
Yulai quería hacer lo mismo y aunque no sabía escribir, se sentaba en una silla, agarraba papel y lápiz, hacía garabatos y preguntaba:
_mami, leche va con "eche"? Y torta, va con "to"?
Éramos tan chicas, I
Con mamá, camino al almacén de Don Humberto:
Yo_ Má, éste verano nos vamos a ir de vacaciones?
Mamá_ Si Dios quiere, si.
Yo_ Y por qué Dios no va a querer?
Yo_ Má, éste verano nos vamos a ir de vacaciones?
Mamá_ Si Dios quiere, si.
Yo_ Y por qué Dios no va a querer?
Postigo rojo de cuatro hojas
Casa de Devoto.
Yulai ordenaba libros en el tallercito de adelante. Los limpiaba uno a uno con una franela de gamuza, naranja.
Yo bajaba las escaleras de mi cuarto, él único que estaba en la planta alta, haciendo ruido con mis pies en cada escalón, esos que crujían como queriendo decir algo.
Estaba por entrar a bañarme, pero antes, me daba cuenta de que, metros más adelante, la puerta de la cocina estaba abierta. De las cuatro hojas del postigo rojo, que iba del piso al techo, sólo tres estaban cerradas. Y la puerta de vidrio, también, abierta totalmente. Por ese espacio, un cuadrado perfecto de luz entraba desde el jardín.
Agitada y exaltada, llamaba a Yulai. Ella abandonaba la franela naranja y los libros, y en un afán por descubrir qué me pasaba, o qué sucedía allá, en el fondo de la casa, me seguía casi corriendo y me acompaña a cerrar la puerta de la cocina que daba a la galería que antecedía al jardín, en el que esa noche, el silencio, el frío y el rocío eran tajantes.
No se escuchaba ni un sólo grillo, ni a los gatos vecinos peleando como casi todas las noches, o amándose, quién sabe, ni el sonido que solían hacer las hojas del ciruelo al acomodarse para dormir.
Yulai corría detrás mio y casi no podía alcanzarme. Una vez en la cocina, y ya con el postigo rojo cerrado, yo me tranquilicé. La miré como diciendo: "listo, triunfamos". Ella se apoyó como en un gesto de resignación sobre el mueble de algarrobo, en el que descansaban frascos con especias, tazas y platos blancos, y la caja de madera en la que guardábamos el pan, y me dijo: por correr así, tan rapido, al final te paralizás.
Yulai ordenaba libros en el tallercito de adelante. Los limpiaba uno a uno con una franela de gamuza, naranja.
Yo bajaba las escaleras de mi cuarto, él único que estaba en la planta alta, haciendo ruido con mis pies en cada escalón, esos que crujían como queriendo decir algo.
Estaba por entrar a bañarme, pero antes, me daba cuenta de que, metros más adelante, la puerta de la cocina estaba abierta. De las cuatro hojas del postigo rojo, que iba del piso al techo, sólo tres estaban cerradas. Y la puerta de vidrio, también, abierta totalmente. Por ese espacio, un cuadrado perfecto de luz entraba desde el jardín.
Agitada y exaltada, llamaba a Yulai. Ella abandonaba la franela naranja y los libros, y en un afán por descubrir qué me pasaba, o qué sucedía allá, en el fondo de la casa, me seguía casi corriendo y me acompaña a cerrar la puerta de la cocina que daba a la galería que antecedía al jardín, en el que esa noche, el silencio, el frío y el rocío eran tajantes.
No se escuchaba ni un sólo grillo, ni a los gatos vecinos peleando como casi todas las noches, o amándose, quién sabe, ni el sonido que solían hacer las hojas del ciruelo al acomodarse para dormir.
Yulai corría detrás mio y casi no podía alcanzarme. Una vez en la cocina, y ya con el postigo rojo cerrado, yo me tranquilicé. La miré como diciendo: "listo, triunfamos". Ella se apoyó como en un gesto de resignación sobre el mueble de algarrobo, en el que descansaban frascos con especias, tazas y platos blancos, y la caja de madera en la que guardábamos el pan, y me dijo: por correr así, tan rapido, al final te paralizás.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
Abracadabra
"No quiero un novio vaquita", pero ella insistía y se posaba en mi hombro, caminaba por mi panza, se detenía en mi mano.
"Pero si así estoy bien. Qué necesidad de estar conociendo gente nueva".
"Al menos para entretenerte".
"Pero si no estoy aburrida"
"Bueno, para divertirte"
"Ya te dije, no estoy aburrida"
"Bueno, para conocer gente nueva"
"Y qué tal si me dejás de joder. No veo hace meses a los mil amigos que ya tengo, voy a complicarme con uno más, nuevo y desconocido. Pero acaso, qué carajo pasa con sus vidas que todos están empecinados en buscarme un novio ("una compañía, al menos") a mi.
A vos te parece Yulai, complicarme la vida con un amor civilizado, si a mi tampoco me quita el sueño llegar a fin de mes. Ok, contigo pan y cebolla, tampoco nene, que tener hambre me pone de pésimo humor, y vas a rogar tener dos papas al menos, además del pan y la cebolla, con tal de hacerme un puré y que cambie esta carita de culo que .............decime, mi cara de culo, no es especial?. Porque no es cualquier cara de culo. La mía como que tiene más............porque además, Yulai, qué me importa a mi si "es un buen candidato, porque fijate vos, que con esa edad ya tiene una 4 x 4, y una casa en un barrio privado, y una lancha con la que sale a navegar los domingos", si a mi me gusta dormir la siesta, sola, tomar mate, sola, porque no soporto el ritmo de los otros, y yo lo tomo hirviendo, lavado y de manera compulsiva, y no puedo esperar a que otro (él), tome mientras charla, hojea el diario, y me dice, "gordita, que bien la pasamos anoche" o "qué tal si vas poniendo el agua para los ravioles". Pero querida, yo me voy a la cama sola y agradezco estar sin compañía, si es por mi, quedate tranquila, que la cama grande se disfruta más así, sin que nadie me toque la piernita, si hasta me da calor dormir abrazados y además con este acolchado de pluma de ganzo, qué nivel, me alcanza y sobra, porque abriga y no ronca, y si hasta después del amor, lo que más deseo es tener la cama de "El Lado Oscuro del Corazón".
Sabés Yulai, que de tanta soledad me hice adicta al Klaro Plancha Fácil y a la guía Filcar. Mirá vos, y yo que me negaba a usarla porque prefería preguntar, y tanto dicen que "preguntando se llega a Roma", y caminando, aunque haga calor, estés cansada y con hambre, y el bolso pese, hablando de ojos y de bocas, de escultores, de poetas, de hombres de papel, espacios vacíos, libros viejos, las relaciones con un padre, los semáforos, etc, etc, se llega a Avenida Córdoba y Scalabrini Ortiz, y mirá vos que está tan linda la noche, que ni me di cuenta de la hora que se hizo.
Pero viste como es esto Yulai, la vida es medio un juego, no te parece. Si la plata del estanciero no es la única "de mentira", porque de qué nos sirven todos los billetes de cien pesos que sepamos conseguir, si no tenemos un amor que nos haga ver todo de otro color, por quién pasarnos la noche en vela, a quien servirle el pan en la mesa.
Y entonces así, como por arte de magia, se cumple eso que un día leí, que "la vida da revancha", y te sacude, y te sorprende, y yo que estaba como la Coca Sarli, pero sin esas tetas descomunales, claro, llorando por Armando mil años después.
Porque si no es verdad esa frase de la revancha de la vida y esas cosas, cómo se explica que un martes cualquiera de noviembre, cerca de las siete de la tarde (cómo me gusta el atardecer Yulai), en un Falcon dorado, con dos dados negros colgando del espejito retrovisor, encontrás el amor. Cinco horas y un té sin limón, para volver enamorada como nunca. Y estar cuarenta y cinco minutos parada, sin poder reaccionar, ni sacarme la cartera de encima, ni los zapatos, ni nada. Sin poder entender cómo "de la nada", encontrás a tu sueño masculino hecho realidad. Será real, Yulai? No creo, es un sueño. Pero como soñar se puede, y "no sólo se puede, se puede y se debe", yo elijo soñar, Yulai, si para noticias tremendas, llenas de sangre, injusticia y dolor, está la vida que no es el Estanciero, no creés.
Asique, parece que de las galeras de los magos, además de conejos, palomas, y pañuelos de seda de colores, pueden salir también historias de amor como ésta, sabías Yulai. Y sin que lo esperaras ni lo imaginaras siquiera, un sueño de amor se te instala en el cuerpo, en la mente, en el alma, y viajás en una nube, como si fuera un globo aerostático, que te lleva a sobrevolar sobre todo aquello que creías imposible.
Y ahora qué hago, Yulai, con las pancartas que pinté con acuarelas azules, verdes y amarillas, que decían: "yo no me enamoro más", y con el cartel enorme que dice "Prohibidas las escenas románticas", con el que te topás al entrar a mi cuarto. Creo que voy a romper todo eso en mil pedazos y armaré un fueguito en donde quemarlos.
Y a los dos días el sueño de amor se te hace carne, Yulai, y se te adhiere en tu cabeza, en tu retina, en tu corazón, y tus árboles de navidad ya no tienen bolas frías, en verde, rojo o azul metalizado, sino pajaritos de colores que cantan "piopio viva el amor" . Y Anita dice que como Urano tocó mi sol, o tengo Saturno en las venas, o algo así, puedo curarme sola, pero a mi me está curando el amor Yulai, y vivo un milagro con las lumbares desinflamadas, y que lindo es caminar y respirar al mismo tiempo, sin morir en el intento, no te parece.
Y no me da miedo pasar veinticuatro horas con él, comiendo Nugatones y tomando agua con hielitos, tocando la guitarra a lo Carla Bruni, cubierta unicamente por mi diminuta ropa interior transparente, sentada sobre sus guías amarillas, esas que están al lado de la mesita del teléfono.
Y fijate Yulai, que justamente ahora, cuando más que antes, más que nunca, más que siempre, yo me quiero despertar, él llega a mi vida con sus "curitas" de amor, y tiene razón Yulai, cuando dice que "si de despertares se trata, hay mil cosas preciosas para sacarse la modorra".
"Pero si así estoy bien. Qué necesidad de estar conociendo gente nueva".
"Al menos para entretenerte".
"Pero si no estoy aburrida"
"Bueno, para divertirte"
"Ya te dije, no estoy aburrida"
"Bueno, para conocer gente nueva"
"Y qué tal si me dejás de joder. No veo hace meses a los mil amigos que ya tengo, voy a complicarme con uno más, nuevo y desconocido. Pero acaso, qué carajo pasa con sus vidas que todos están empecinados en buscarme un novio ("una compañía, al menos") a mi.
A vos te parece Yulai, complicarme la vida con un amor civilizado, si a mi tampoco me quita el sueño llegar a fin de mes. Ok, contigo pan y cebolla, tampoco nene, que tener hambre me pone de pésimo humor, y vas a rogar tener dos papas al menos, además del pan y la cebolla, con tal de hacerme un puré y que cambie esta carita de culo que .............decime, mi cara de culo, no es especial?. Porque no es cualquier cara de culo. La mía como que tiene más............porque además, Yulai, qué me importa a mi si "es un buen candidato, porque fijate vos, que con esa edad ya tiene una 4 x 4, y una casa en un barrio privado, y una lancha con la que sale a navegar los domingos", si a mi me gusta dormir la siesta, sola, tomar mate, sola, porque no soporto el ritmo de los otros, y yo lo tomo hirviendo, lavado y de manera compulsiva, y no puedo esperar a que otro (él), tome mientras charla, hojea el diario, y me dice, "gordita, que bien la pasamos anoche" o "qué tal si vas poniendo el agua para los ravioles". Pero querida, yo me voy a la cama sola y agradezco estar sin compañía, si es por mi, quedate tranquila, que la cama grande se disfruta más así, sin que nadie me toque la piernita, si hasta me da calor dormir abrazados y además con este acolchado de pluma de ganzo, qué nivel, me alcanza y sobra, porque abriga y no ronca, y si hasta después del amor, lo que más deseo es tener la cama de "El Lado Oscuro del Corazón".
Sabés Yulai, que de tanta soledad me hice adicta al Klaro Plancha Fácil y a la guía Filcar. Mirá vos, y yo que me negaba a usarla porque prefería preguntar, y tanto dicen que "preguntando se llega a Roma", y caminando, aunque haga calor, estés cansada y con hambre, y el bolso pese, hablando de ojos y de bocas, de escultores, de poetas, de hombres de papel, espacios vacíos, libros viejos, las relaciones con un padre, los semáforos, etc, etc, se llega a Avenida Córdoba y Scalabrini Ortiz, y mirá vos que está tan linda la noche, que ni me di cuenta de la hora que se hizo.
Pero viste como es esto Yulai, la vida es medio un juego, no te parece. Si la plata del estanciero no es la única "de mentira", porque de qué nos sirven todos los billetes de cien pesos que sepamos conseguir, si no tenemos un amor que nos haga ver todo de otro color, por quién pasarnos la noche en vela, a quien servirle el pan en la mesa.
Y entonces así, como por arte de magia, se cumple eso que un día leí, que "la vida da revancha", y te sacude, y te sorprende, y yo que estaba como la Coca Sarli, pero sin esas tetas descomunales, claro, llorando por Armando mil años después.
Porque si no es verdad esa frase de la revancha de la vida y esas cosas, cómo se explica que un martes cualquiera de noviembre, cerca de las siete de la tarde (cómo me gusta el atardecer Yulai), en un Falcon dorado, con dos dados negros colgando del espejito retrovisor, encontrás el amor. Cinco horas y un té sin limón, para volver enamorada como nunca. Y estar cuarenta y cinco minutos parada, sin poder reaccionar, ni sacarme la cartera de encima, ni los zapatos, ni nada. Sin poder entender cómo "de la nada", encontrás a tu sueño masculino hecho realidad. Será real, Yulai? No creo, es un sueño. Pero como soñar se puede, y "no sólo se puede, se puede y se debe", yo elijo soñar, Yulai, si para noticias tremendas, llenas de sangre, injusticia y dolor, está la vida que no es el Estanciero, no creés.
Asique, parece que de las galeras de los magos, además de conejos, palomas, y pañuelos de seda de colores, pueden salir también historias de amor como ésta, sabías Yulai. Y sin que lo esperaras ni lo imaginaras siquiera, un sueño de amor se te instala en el cuerpo, en la mente, en el alma, y viajás en una nube, como si fuera un globo aerostático, que te lleva a sobrevolar sobre todo aquello que creías imposible.
Y ahora qué hago, Yulai, con las pancartas que pinté con acuarelas azules, verdes y amarillas, que decían: "yo no me enamoro más", y con el cartel enorme que dice "Prohibidas las escenas románticas", con el que te topás al entrar a mi cuarto. Creo que voy a romper todo eso en mil pedazos y armaré un fueguito en donde quemarlos.
Y a los dos días el sueño de amor se te hace carne, Yulai, y se te adhiere en tu cabeza, en tu retina, en tu corazón, y tus árboles de navidad ya no tienen bolas frías, en verde, rojo o azul metalizado, sino pajaritos de colores que cantan "piopio viva el amor" . Y Anita dice que como Urano tocó mi sol, o tengo Saturno en las venas, o algo así, puedo curarme sola, pero a mi me está curando el amor Yulai, y vivo un milagro con las lumbares desinflamadas, y que lindo es caminar y respirar al mismo tiempo, sin morir en el intento, no te parece.
Y no me da miedo pasar veinticuatro horas con él, comiendo Nugatones y tomando agua con hielitos, tocando la guitarra a lo Carla Bruni, cubierta unicamente por mi diminuta ropa interior transparente, sentada sobre sus guías amarillas, esas que están al lado de la mesita del teléfono.
Y fijate Yulai, que justamente ahora, cuando más que antes, más que nunca, más que siempre, yo me quiero despertar, él llega a mi vida con sus "curitas" de amor, y tiene razón Yulai, cuando dice que "si de despertares se trata, hay mil cosas preciosas para sacarse la modorra".
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Sueños ensamblados
Lorena P. daba a luz a su primer bebé, pero finalmente, en la cuna que estaba a los pies de su cama de hospital, y con pulsera blanca como llevan todos los recién nacidos, había un perro. La tirita de plástico blanca decía Boby, 1-10-08. Ella gritaba como una condenada y se agarraba la panza a la altura del elástico de la bombacha. Le dolería la herida de la cesárea, no creo que haya dado a luz a un perro por parto natural.
Una de esas revistas "amarillas", tipo Caras o Gente, quería si o si, tener la primera nota con la madre primeriza y su hijo-perro, pero no estaban dispuestos a pagar los millones de dólares que el representante de la ex gordita de la televisión pedía. Ok, mentía él, jeans, saco de traje azul con botones dorados de marinero, mocasines sin medias, al mejor estilo Julio Iglesias: o pagan la suma que nosotros pedimos o le vendemos la nota a esas dos revistas de España que no paran de llamarnos desde que el perro dijo el primer "guau".
A mi me estaban por operar por segunda vez de la columna. Ya estaba lista, sentada en un rincón de esa habitación llena de cunas, madres, gritos de trabajo de parto, camas de caño blanco, muchos ambos verdes y celestes. Ya me había bañado con Pervinox líquido envase amarillo, y de mi piel emanaba un olor penetrante, tipo el Espadol que usaba la abuela cuando se le infectaban las piernas. El pelo recogido (la cofia todavía no me la habían puesto), con mi bata estampada con flores chiquitas y de colores.
Todos los medios de comunicación, transmitían en vivo y en directo desde la puerta de la clínica. Y la gente se iba a acercando para ver la cantidad de arreglos florales, canastas con productos para bebés, y paquetes de regalos, que llegaban para el cóquer negro recién nacido.
Papá miraba los noticieros desde casa, y no entendía cómo, mientras su hija, que ya casi no podía caminar y estaba a punto de ser metida en un quirófano para ser abierta al medio, había gente que tuviera interés en el hijo-perro de una chica que nadie sabe cómo, sin estar enferma, había adelgazado tantos kilos, y pasó de ser la gordita de la televisión, a la flaca que con más de treinta años compra ropa en casas de adolescentes y tiene cuerpo de nena de doce años.
(Yo sé porque esa chica, mientras camina en la cinta del gimnasio tiene un chupetín en la boca, le decía esa chiquita de trenzas largas a su mamá. Porque como no come se marea).
Candela se hacía la Nazarena Vélez y los labios colagenados en exceso le cambiaban tanto la expresión, que ya no se sabía si era una mujer, un pájaro, una tortuga, o una mezcla de todas esas cosas juntas.
Llegó el camillero y me llevó al subsuelo a donde más allá de los gabinetes en los que te dan el primer pinchazo con la anestesia, están los quirófanos. Mientras el médico me ataba el brazo con la gomita para hinchar la vena y me decía, abrí y cerrá el puño, intentaba distraerme contándome de la época en la que fue disc jockey en Punta del Este y bla bla bla, y a mi se me mezclaba el Padre Nuestro con Queen, y el Ave María con otra de sus anécdotas, "porque a los boliches en los que yo pasaba música iban siempre el negro Olmedo con el gordo Porcel, Moria, la negra Noemí Alan............un monumento era Moria". Y yo casi no lo escuchaba, porque ya estaba tan relajada y semi dormida, que adentro de mi sueño, tuve otro:
Un artista mexicano dibujaba sobre mi piel una mujer invertida con una boca enorme, carnosa y en un rojo intenso. Unos ojos claros que miraban hacia el cielo en un gesto de gratitud, como diciendo "qué maravilla la luna" o "mirá vos cuántas estrellas". Desde mi sexo hasta mis tobillos, su cabellera rubia, tupida y con rulos. En uno de mis senos, una jarra plateada de la que caían gotas de agua color azul.
Él con su vincha negra, y yo con mi sonrisa blanca, nos paseábamos entre los invitados. Yo me sentía como una novia entrando a la iglesia. Caminaba descalza guiada por él, mi artista, que me llevaba de la mano. Sentía que levitaba, y las voces de la gente llegaban a mis oídos como una melodía embriagadora. Algo así como vino dulce, mezclado con caramelos masticables de chocolate y de café, de esos que hay en una bolsa de nylon en la bodeguita de casa. Siempre como. Siempre los termino. Y siempre vuelve a haber más. (Yo no los compro).
Una vez en la tarima, y rodeados de sogas para que la gente lo dejara a él terminar tranquilo con su obra, yo me afirmé a la tierra y le guiñé un ojo al chico de seguridad que miraba desde el primer piso, como diciéndole "está todo bien".
Cuando nos tuvimos que trasladar a lucir el boceto a la calle, seguí sonriendo pero apreté la mano de mi artista con fuerza y le dije: si vamos presos te mato. Y él, chocho de la vida con continuar la obra de arte en el móvil policial y terminarla en la comisaría. Pero qué arte ni ocho cuartos detrás de las rejas, le dije ésta vez más fuerte, y le repetí: si vamos presos te mato. Pero los policías estaban encantados con la mujer invertida dibujada sobre mi cuerpo, y en lugar de sacar sus pistolas, al contrario, las guardaban, y a cambio no paraban de disparar, pero flashes, con las cámaras fotográficas de sus modernos teléfonos celulares.
Como intentando tapar con su voz la música que no acompañaba para nada la situación que estábamos viviendo, la animadora del evento gritaba sin necesidad, porque para eso tenía micrófono, y anunciaba con fervor, que en la avenida más importante de Ramos Mejía habían cortado el tránsito para hacer un body painting en vivo, y relataba entusiasmada cómo iba quedando el diseño sobre mis tetas, mi panza, mis muslos, mi culo.
El sonido de las ruedas metálicas de la camilla, contra el piso de cerámicos crudos con pintitas blancas, me sacó de mi sueño de arte. Sonaban teléfonos a lo lejos, las enfermeras decían permiso, permiso, de manera casi desesperada, mi mamá le avisaba a alguien que yo ya estaba volviendo a la habitación, un médico informaba: la operación fue un éxito, estamos todos muy contentos.
Yo estaba mareada y quería vomitar. Mi hermana tocó mi cabeza y en lugar de sentir placer como siempre, le respondí casi ladrando. Como el perro recién nacido de Lorena P, y Candela, convertida en una Nazarena colagenada, decía de manera firme, con determinación: dejen a Boby tranquilo y traiganlé un hueso urgente. Se está muriendo de hambre.
Una de esas revistas "amarillas", tipo Caras o Gente, quería si o si, tener la primera nota con la madre primeriza y su hijo-perro, pero no estaban dispuestos a pagar los millones de dólares que el representante de la ex gordita de la televisión pedía. Ok, mentía él, jeans, saco de traje azul con botones dorados de marinero, mocasines sin medias, al mejor estilo Julio Iglesias: o pagan la suma que nosotros pedimos o le vendemos la nota a esas dos revistas de España que no paran de llamarnos desde que el perro dijo el primer "guau".
A mi me estaban por operar por segunda vez de la columna. Ya estaba lista, sentada en un rincón de esa habitación llena de cunas, madres, gritos de trabajo de parto, camas de caño blanco, muchos ambos verdes y celestes. Ya me había bañado con Pervinox líquido envase amarillo, y de mi piel emanaba un olor penetrante, tipo el Espadol que usaba la abuela cuando se le infectaban las piernas. El pelo recogido (la cofia todavía no me la habían puesto), con mi bata estampada con flores chiquitas y de colores.
Todos los medios de comunicación, transmitían en vivo y en directo desde la puerta de la clínica. Y la gente se iba a acercando para ver la cantidad de arreglos florales, canastas con productos para bebés, y paquetes de regalos, que llegaban para el cóquer negro recién nacido.
Papá miraba los noticieros desde casa, y no entendía cómo, mientras su hija, que ya casi no podía caminar y estaba a punto de ser metida en un quirófano para ser abierta al medio, había gente que tuviera interés en el hijo-perro de una chica que nadie sabe cómo, sin estar enferma, había adelgazado tantos kilos, y pasó de ser la gordita de la televisión, a la flaca que con más de treinta años compra ropa en casas de adolescentes y tiene cuerpo de nena de doce años.
(Yo sé porque esa chica, mientras camina en la cinta del gimnasio tiene un chupetín en la boca, le decía esa chiquita de trenzas largas a su mamá. Porque como no come se marea).
Candela se hacía la Nazarena Vélez y los labios colagenados en exceso le cambiaban tanto la expresión, que ya no se sabía si era una mujer, un pájaro, una tortuga, o una mezcla de todas esas cosas juntas.
Llegó el camillero y me llevó al subsuelo a donde más allá de los gabinetes en los que te dan el primer pinchazo con la anestesia, están los quirófanos. Mientras el médico me ataba el brazo con la gomita para hinchar la vena y me decía, abrí y cerrá el puño, intentaba distraerme contándome de la época en la que fue disc jockey en Punta del Este y bla bla bla, y a mi se me mezclaba el Padre Nuestro con Queen, y el Ave María con otra de sus anécdotas, "porque a los boliches en los que yo pasaba música iban siempre el negro Olmedo con el gordo Porcel, Moria, la negra Noemí Alan............un monumento era Moria". Y yo casi no lo escuchaba, porque ya estaba tan relajada y semi dormida, que adentro de mi sueño, tuve otro:
Un artista mexicano dibujaba sobre mi piel una mujer invertida con una boca enorme, carnosa y en un rojo intenso. Unos ojos claros que miraban hacia el cielo en un gesto de gratitud, como diciendo "qué maravilla la luna" o "mirá vos cuántas estrellas". Desde mi sexo hasta mis tobillos, su cabellera rubia, tupida y con rulos. En uno de mis senos, una jarra plateada de la que caían gotas de agua color azul.
Él con su vincha negra, y yo con mi sonrisa blanca, nos paseábamos entre los invitados. Yo me sentía como una novia entrando a la iglesia. Caminaba descalza guiada por él, mi artista, que me llevaba de la mano. Sentía que levitaba, y las voces de la gente llegaban a mis oídos como una melodía embriagadora. Algo así como vino dulce, mezclado con caramelos masticables de chocolate y de café, de esos que hay en una bolsa de nylon en la bodeguita de casa. Siempre como. Siempre los termino. Y siempre vuelve a haber más. (Yo no los compro).
Una vez en la tarima, y rodeados de sogas para que la gente lo dejara a él terminar tranquilo con su obra, yo me afirmé a la tierra y le guiñé un ojo al chico de seguridad que miraba desde el primer piso, como diciéndole "está todo bien".
Cuando nos tuvimos que trasladar a lucir el boceto a la calle, seguí sonriendo pero apreté la mano de mi artista con fuerza y le dije: si vamos presos te mato. Y él, chocho de la vida con continuar la obra de arte en el móvil policial y terminarla en la comisaría. Pero qué arte ni ocho cuartos detrás de las rejas, le dije ésta vez más fuerte, y le repetí: si vamos presos te mato. Pero los policías estaban encantados con la mujer invertida dibujada sobre mi cuerpo, y en lugar de sacar sus pistolas, al contrario, las guardaban, y a cambio no paraban de disparar, pero flashes, con las cámaras fotográficas de sus modernos teléfonos celulares.
Como intentando tapar con su voz la música que no acompañaba para nada la situación que estábamos viviendo, la animadora del evento gritaba sin necesidad, porque para eso tenía micrófono, y anunciaba con fervor, que en la avenida más importante de Ramos Mejía habían cortado el tránsito para hacer un body painting en vivo, y relataba entusiasmada cómo iba quedando el diseño sobre mis tetas, mi panza, mis muslos, mi culo.
El sonido de las ruedas metálicas de la camilla, contra el piso de cerámicos crudos con pintitas blancas, me sacó de mi sueño de arte. Sonaban teléfonos a lo lejos, las enfermeras decían permiso, permiso, de manera casi desesperada, mi mamá le avisaba a alguien que yo ya estaba volviendo a la habitación, un médico informaba: la operación fue un éxito, estamos todos muy contentos.
Yo estaba mareada y quería vomitar. Mi hermana tocó mi cabeza y en lugar de sentir placer como siempre, le respondí casi ladrando. Como el perro recién nacido de Lorena P, y Candela, convertida en una Nazarena colagenada, decía de manera firme, con determinación: dejen a Boby tranquilo y traiganlé un hueso urgente. Se está muriendo de hambre.
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